sábado, 7 de septiembre de 2013

SABER DIRIGIR

Por: Nicanor Alfredo Camacho Núñez

Artículo de mi autoría publicado en primicia y exclusivamente en la “Revista Imágenes” (Chepén) en su edición Nº 24 del mes de agostosetiembre de 2013. Publicación mensual y regional porque circula en varias provincias de los departamentos de La Libertad, Lambayeque y Cajamarca, la misma que es dirigida por el Sr. Hernán Baltazar Suárez Vásquez y en donde además de “Escritor” soy “Asesor Gramatical” de dicha revista.
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Hay bastante información sobre el estilo correcto de dirigir: el autocrático, el paternalista, el burocrático, el democrático, etc. En este tercer milenio, todos ya sabemos que no existe un estilo ideal y que –en el caso de existir– sería una mezcla de varios de los estilos mencionados, junto a una gran empatía, criterio, sentido común y, sobre todo, flexibilidad o adaptabilidad.

Muy al margen de los títulos nobles o académicos que tengas, son poquísimos los directivos que tienen la capacidad y voluntad para aplicar una buena combinación. Insisto, dirigir no es un asunto de información ni de conocimientos académicos, sino de criterio, sentido común, «inteligencia emocional» y voluntad de aplicarlos. En otras palabras: actitud proactiva, no reactiva (“Es tu ACTITUD y no tu APTITUD la que determina tu ALTITUD” –Albert Einstein–).

El arte de dirigir no es una materia de matemáticas ni de aprender cómo funciona el Plan General Contable. Dirigir eficientemente implica voluntad y deseo de aplicar lo aprendido, asimismo, efectuar un cambio en nuestros paradigmas mentales, en nuestra conducta, en nuestra manera de ser; dirigir no es cuestión de aptitud, sino de actitud. Es tener interés por nuestros empleados, interesarnos por sus deseos, necesidades, ser empáticos, ser flexibles, escucharlos, motivarlos, etc. Todo eso no se podrá conseguir si no tenemos la voluntad de provocar un cambio al interior de nosotros, por mucha instrucción académica que poseamos. Reitero, no se trata de inteligencia cognoscitiva, sino de «inteligencia emocional», y esta –según los expertos– es más importante que la inteligencia cognoscitiva.

El estilo ideal de liderazgo es aquel que se adapta a cada empleado. Ser como el oro de 24 k; tener un estilo dúctil, maleable, versátil y flexible. No podemos aplicar a todos el mismo estilo. Personalmente he visto que en «Liderazgo situacional», del doctor Pierre Lanarés, dirigen en función del individuo en particular y de cada situación específica, y no en forma general. Para cada empleado tampoco debemos utilizar siempre el mismo estilo. En algunas ocasiones, un trabajador preferirá un estilo democrático y, tal vez en otras, tendremos que utilizar un estilo más paternalista; es cuestión de sentido común, olfato, intuición, empatía, etc. Ahí reside la habilidad del líder, en reconocer qué estilo utilizar en cada momento.

El jefe debe estar al servicio del equipo y no a la inversa ¿paradójico, verdad? Tenemos la concepción invertida, es decir paradigmas mentales errados. Ese nuevo paradigma rompe con muchas estructuras mentales establecidas, pero nos ayuda a comprender que –en la medida en que seamos capaces de satisfacer las necesidades de todos los miembros del equipo– los resultados serán mejores.

Todavía son muchos los directivos que no consideran prioritario el “ocuparse de su equipo” o confunden en qué consiste “ocuparse de su equipo”. Ocuparnos de nuestro equipo o empleados implica interesarnos por su motivación, fortalecer la cohesión dentro del equipo, no tratar como simples medios a las personas que lideramos, estar próximos a los empleados, ser percibido como uno más dentro del grupo, etc. (“Un líder es aquel que sabe ser tan inteligente como para contratar a gente más inteligente que él” –John F. Kennedy–).

Un jefe no es un líder. El jefe es quien ejecuta lo que el líder ha planificado. El líder es quien marca la ruta. Es un gestor de oportunidades, es a quien le siguen porque confían en él. Es fácil ser jefe y muy difícil ser líder. Muchos altos ejecutivos solamente tienen el poder formal cedido por la empresa, pero no tienen el poder que les otorga el equipo o sus seguidores. Por eso, muchos de ellos son déspotas, autoritarios, gritones, etc. para ocultar su pequeñez o incapacidad de dirigir, porque en el fondo saben que el poder que tienen es solo el que la empresa les ha dado, pero no el poder que les da los seguidores o trabajadores. El verdadero líder consigue “hacer”, no por la autoridad formal que posee, sino por la autoridad que le otorgan sus “seguidores”. Una vez más: ¡Es cuestión de «inteligencia emocional»! (“El respeto de quienes nos inspiran respeto vale más que el aplauso de una multitud” –A. H. G–).

Solo en nuestro país se sataniza la excelencia por nuestra mediocridad, en unos casos, y por ineptitud, en la mayoría de los casos. Si soy un directivo y –por mi autoritarismo y zalamería– creo ser competente, pues voy a temblar cuando llegue algún colega mucho más eficiente que yo; evidentemente, ahí voy a rivalizar con él. Por eso es muy dañino mantener el absurdo paradigma de: “Si no atropellas a otros, te atropellan”. Observa detenidamente a esos subnormales y descubrirás que son los menos productivos o exitosos; simplemente viven asustados aferrándose constantemente a lo que no depende de ellos. ¡Qué deplorable! Salvo mejor parecer. 

Portada de la edición Nº 24 de la "Revista Imágenes"

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