Por:
Nicanor Alfredo Camacho Núñez
Artículo de mi
autoría publicado en primicia y exclusivamente en la “Revista Imágenes”
(Chepén) en su edición Nº 24 del mes de agosto–setiembre de 2013. Publicación mensual y regional porque circula en
varias provincias de los departamentos de La Libertad, Lambayeque y Cajamarca,
la misma que es dirigida por el Sr. Hernán Baltazar Suárez Vásquez y en donde –además de “Escritor”– soy “Asesor Gramatical” de dicha revista.
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Hay bastante información sobre el
estilo correcto de dirigir: el
autocrático, el paternalista, el burocrático, el democrático, etc. En este
tercer milenio, todos ya sabemos que no existe un estilo ideal y que –en el
caso de existir– sería una mezcla de
varios de los estilos mencionados, junto a una gran empatía, criterio, sentido
común y, sobre todo, flexibilidad o adaptabilidad.
Muy al margen de los títulos
nobles o académicos que tengas, son poquísimos los directivos que tienen la capacidad y voluntad
para aplicar una buena combinación. Insisto,
dirigir no es un asunto de información ni de conocimientos académicos, sino de
criterio, sentido común, «inteligencia
emocional» y voluntad de aplicarlos. En otras palabras: actitud proactiva, no reactiva
(“Es tu ACTITUD y no tu APTITUD la que
determina tu ALTITUD” –Albert Einstein–).
El arte de dirigir no es una
materia de matemáticas ni de aprender cómo funciona el Plan General Contable. Dirigir
eficientemente implica voluntad y deseo
de aplicar lo aprendido, asimismo, efectuar un cambio en nuestros paradigmas mentales, en nuestra conducta, en nuestra manera de
ser; dirigir no es cuestión de aptitud, sino de actitud. Es tener interés por nuestros empleados, interesarnos
por sus deseos, necesidades, ser empáticos, ser flexibles, escucharlos,
motivarlos, etc. Todo eso no se podrá conseguir si no tenemos la voluntad de
provocar un cambio al interior de nosotros, por mucha instrucción académica que
poseamos. Reitero, no se trata de inteligencia cognoscitiva, sino de «inteligencia emocional», y esta –según los expertos– es más importante que la inteligencia
cognoscitiva.
El estilo ideal de liderazgo es
aquel que se adapta a cada empleado. Ser como el oro de 24 k; tener un estilo
dúctil, maleable, versátil y flexible. No podemos aplicar a todos el mismo
estilo. Personalmente he visto que en «Liderazgo situacional», del doctor Pierre Lanarés, dirigen en función del individuo en
particular y de cada situación específica, y no en forma general. Para cada
empleado tampoco debemos utilizar siempre el mismo estilo. En algunas ocasiones,
un trabajador preferirá un estilo democrático y, tal vez en otras, tendremos
que utilizar un estilo más paternalista; es cuestión de sentido común, olfato,
intuición, empatía, etc. Ahí reside la habilidad del líder, en reconocer qué
estilo utilizar en cada momento.
El jefe debe estar al servicio del
equipo y no a la inversa ¿paradójico, verdad? Tenemos la concepción invertida, es
decir paradigmas mentales errados. Ese nuevo paradigma rompe con muchas
estructuras mentales establecidas, pero nos ayuda a comprender que –en la
medida en que seamos capaces de satisfacer las necesidades de todos los miembros
del equipo– los resultados serán mejores.
Todavía son muchos los directivos
que no consideran prioritario el “ocuparse de su equipo” o confunden en qué
consiste “ocuparse de su equipo”. Ocuparnos de nuestro equipo o empleados
implica interesarnos por su motivación, fortalecer la cohesión dentro del
equipo, no tratar como simples medios a las personas que lideramos, estar
próximos a los empleados, ser percibido como uno más dentro del grupo, etc. (“Un líder es aquel que sabe ser tan
inteligente como para contratar a gente más inteligente que él” –John F.
Kennedy–).
Un jefe no es un líder. El jefe es quien ejecuta lo que
el líder ha planificado. El líder es quien marca la ruta. Es un gestor de
oportunidades, es a quien le siguen porque confían en él. Es fácil ser jefe y muy difícil ser líder. Muchos altos
ejecutivos solamente tienen el poder formal cedido por la empresa, pero no tienen el poder que les otorga el
equipo o sus seguidores. Por eso, muchos de ellos son déspotas,
autoritarios, gritones, etc. para ocultar su pequeñez o incapacidad de dirigir,
porque en el fondo saben que el poder que tienen es solo el que la empresa les
ha dado, pero no el poder que les da los
seguidores o trabajadores. El verdadero líder consigue “hacer”, no por la
autoridad formal que posee, sino por la autoridad que le otorgan sus “seguidores”. Una vez más: ¡Es cuestión de «inteligencia emocional»! (“El respeto de quienes nos inspiran respeto vale más que el aplauso de una multitud” –A. H. G–).
Solo en nuestro país se sataniza
la excelencia por nuestra mediocridad, en unos casos, y por ineptitud, en la
mayoría de los casos. Si soy un directivo y –por mi autoritarismo y zalamería– creo
ser competente, pues voy a temblar cuando llegue algún colega mucho más
eficiente que yo; evidentemente, ahí voy a rivalizar con él. Por eso es muy
dañino mantener el absurdo paradigma de:
“Si no atropellas a otros, te atropellan”.
Observa detenidamente a esos subnormales y descubrirás que son los menos
productivos o exitosos; simplemente viven asustados aferrándose constantemente
a lo que no depende de ellos. ¡Qué
deplorable! Salvo mejor parecer.
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